Pamplona Actual

El espejo romano: gladiadores, fieras y espectadores

Por Guillermo Rojo

Publicado: 06/03/2026 ·
21:44
· Actualizado: 06/03/2026 · 21:44

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  • IMAGEN CREADA CON IA

En la antigua Roma, era costumbre que el público que acudía al circo durante los juegos tomara partido en el espectáculo de muerte. Desde las gradas, muchos increpaban, insultaban y se burlaban de los condenados que iban a ser devorados por las bestias. Entre todos ellos destacaba un grupo especialmente furibundo: no se conformaban con gritar desde lo alto, sino que descendían a los fosos y acompañaban a los criminales, a los cristianos o a cualquiera que aquel día estuviera destinado a ser pasto de los leones. Les daba igual quién fuera. Desde el barro, seguían a los prisioneros por los corredores del circo mientras los escupían, los empujaban, los difamaban y se reían de su desgracia.

En una ocasión, aquellos condenados habían sido retratados por la propaganda romana como enemigos especialmente peligrosos. Y los insultadores, enardecidos por su propio fervor, se entregaron tanto a su labor de odio que no advirtieron que habían cruzado el umbral de la arena. Solo cuando quisieron retroceder descubrieron que las puertas estaban cerradas y que los soldados, obedeciendo órdenes, no pensaban abrirlas.

Alzaron entonces la vista hacia el palio donde se encontraba el emperador, suplicando que los dejara salir. Él les devolvió primero una mirada de desprecio y luego otra, aún más fría, de indiferencia.

¿Y por qué nos cuentas esto Guiller?, preguntaréis.  

Porque, al volver la mirada a la actualidad de nuestro país, resulta difícil no ver ecos inquietantes de aquella escena antigua. Durante años, los discursos de la derecha han alimentado un clima en el que se invita a desconfiar, a señalar, a despreciar a quienes piensan distinto, viven y aman distinto o proceden de otras culturas. Y muchos, envueltos en banderas que no abrigan y en una idea de patria que no acoge, han terminado dirigiendo su furia hacia quienes consideran adversarios, mientras se inclinan ante quienes ejercen la fuerza y la coacción desde fuera.

Si retomamos el símil romano, no es complicado reconocer los paralelismos. La historia, cuando se repite, rara vez lo hace con sutileza. Y quienes se dejan arrastrar por el odio suelen descubrir demasiado tarde que la arena no distingue entre víctimas y verdugos.

Por eso esta historia importa. Porque hoy, en nuestro propio país, asistimos a un espectáculo inquietantemente parecido. La derecha y la ultraderecha política ha asumido como doctrina el servilismo hacia intereses ajenos, incluso cuando esos intereses chocan con la soberanía y la dignidad de la nación. Y mientras tanto, alimentan un clima de polarización que ha fracturado la convivencia, señalando como enemigos a quienes no piensan, viven o aman como ellos.

En este ambiente envenenado, han acabado repitiendo los gestos de aquellos insultadores romanos: gritan, acusan, difaman y celebran la destrucción del otro sin darse cuenta de que avanzan, paso a paso, hacia la misma arena que han ayudado a rastrillar. Y cuando la puerta se cierre —porque siempre se cierra— descubrirán que quienes hoy aplauden su furia no moverán un dedo por ellos mañana.

La historia de Roma es un espejo.  

Y en él se ve con claridad que quienes se arrodillan ante el poder extranjero y siembran odio dentro de su propio pueblo se traicionan a sí mismos.  

Porque la arena, al final, no distingue entre verdugos y víctimas.  Y los leones nunca preguntan a quién venías a insultar.

Guillermo Rojo.

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