Hay imágenes que deberían incomodar mucho más que una estadística. Un techo desprendido en un pasillo de Maternal del Hospital Universitario de Navarra no es una anécdota, ni un susto que se resuelve cerrando un ala durante unos días. Es una señal. Una señal física, visible y difícil de maquillar de algo que profesionales, pacientes y familias llevan demasiado tiempo percibiendo: el hospital de referencia de Navarra envejece, se parchea y sigue funcionando gracias a la profesionalidad de quienes trabajan dentro, no porque se haya hecho una apuesta estructural suficiente por sus infraestructuras.
Esta vez no hubo daños personales. Y eso, antes que nada, hay que subrayarlo con alivio. También hay que reconocer la rapidez y la profesionalidad del personal, que supo reaccionar, proteger a pacientes y familias, reorganizar espacios y mantener la atención en un contexto que nunca debería normalizarse. Cuando algo falla en un hospital, son las enfermeras, TCAE, celadores, personal médico, limpieza, mantenimiento y el conjunto de profesionales quienes sostienen la respuesta inmediata. Esa capacidad de actuar no puede convertirse en coartada para seguir aplazando decisiones.
Porque hablamos de la Maternal. De madres que acaban de dar a luz. De recién nacidos. De familias en un momento de enorme vulnerabilidad. De profesionales que trabajan a diario en espacios donde se exige seguridad clínica, intimidad, confort térmico, accesibilidad y dignidad. Un hospital no puede depender de que el deterioro avise cayéndose. La seguridad no puede llegar después del desprendimiento; debe estar garantizada antes.
El HUN no es un edificio nuevo ni homogéneo. Arrastra pabellones antiguos, ampliaciones, reformas parciales, instalaciones acumuladas y zonas que han soportado décadas de uso asistencial intensivo. El antiguo Hospital de Navarra comenzó a construirse a principios del siglo XX y el antiguo Virgen del Camino fue inaugurado en los años sesenta. Desde entonces, Navarra ha cambiado, la población ha envejecido, la demanda sanitaria ha crecido y la complejidad asistencial se ha multiplicado. Sin embargo, demasiadas respuestas siguen teniendo forma de arreglo puntual, actuación urgente o reforma parcial.
No basta con revisar el edificio Materno-Infantil después de que se desprenda un techo. No basta con sustituir escayola donde ahora se ha visto el riesgo. Hace falta una auditoría integral y transparente del estado real de los edificios del HUN: techos, cubiertas, conducciones, climatización, accesibilidad, instalaciones eléctricas, seguridad estructural, habitaciones, controles y zonas de trabajo. Y hace falta decir con claridad qué pabellones, plantas y áreas pueden presentar problemas similares, con qué prioridad se van a intervenir y con qué presupuesto.
La pregunta de fondo es incómoda, pero legítima: ¿cómo se está cuidando aquello que pagamos entre todos? La ciudadanía sostiene con sus impuestos una sanidad pública que debe ser segura, moderna y digna. No para inaugurar titulares, sino para garantizar que una madre, un recién nacido o un profesional no tengan que confiar en la suerte para que nada caiga sobre ellos. La inversión sanitaria no puede limitarse a tapar urgencias visibles mientras se posponen actuaciones de fondo.
Desde SATSE reclamamos una inversión de verdad, planificada, plurianual, ejecutable y verificable. Un plan de reestructuración del HUN que no dependa de sustos, olas de calor, desprendimientos o denuncias sindicales para avanzar. Profesionales, pacientes y familias necesitan espacios seguros para cuidar y ser cuidados. La sanidad pública no se defiende solo con discursos: se defiende manteniendo sus edificios, anticipando riesgos y poniendo el dinero público donde más importa.
Porque cuando se cae un techo en Maternal, no cae solo escayola. Cae también la excusa de que bastan los parches.
Carolina Pastor. Delegada de SATSE en el HUN B





