Cuatro generaciones, siglo y medio de historia y un único apellido al frente. Tejidos Castillo, el comercio más antiguo de Tudela, cerró definitivamente sus puertas el pasado 14 de mayo, y el Ayuntamiento de la ciudad ha querido que ese cierre no pasara sin el reconocimiento que merece. El alcalde, Alejandro Toquero, y la concejala de Comercio, Irune García, se reunieron este miércoles con la familia para hacerles entrega de una carta y una distinción enmarcada en homenaje a una trayectoria que forma parte del patrimonio comercial y sentimental de Tudela.
Al acto asistieron Sofía Castillo, y los hermanos Martín y Enrique González, quienes han dirigido el negocio hasta su reciente jubilación, junto a la esposa de este último.
De Sarvisé a la plaza del Mercado
La historia de Tejidos Castillo arranca en 1875, cuando Saturnino Castillo, natural de Sarvisé, en el Pirineo oscense, abrió el negocio junto a uno de sus hermanos en la calle Carnicerías de Tudela. Apenas tres lustros después, en 1891, el establecimiento se trasladó a su emplazamiento definitivo, entre la calle Concarera y la plaza del Mercado, el rincón del que ya no se movería en los 135 años siguientes.
A Saturnino le sucedió su hijo Enrique, y a este su nieto del mismo nombre. Más tarde, José María y Sofía Castillo mantuvieron vivo el negocio familiar, hasta que la última etapa quedó en manos de los hermanos Enrique y Martín González Castillo, que han llevado el timón hasta el cierre.
"Parte del patrimonio comercial y sentimental de Tudela"
El Ayuntamiento subrayó en el acto que Tejidos Castillo ha sido mucho más que un establecimiento de venta de telas: un referente del comercio tradicional tudelano y un vínculo vivo con la historia económica y cotidiana de la ciudad. Con la entrega de la distinción, la corporación municipal quiso dejar constancia de que su contribución al tejido comercial local no pasará desapercibida.
Tudela pierde así su comercio más longevo, abierto sin interrupción durante cinco reinados, dos repúblicas, una guerra civil y una pandemia. Ciento cincuenta años en los que el escaparate de la calle Concarera fue testigo de cómo cambiaba la ciudad sin que la familia Castillo dejara de abrir cada mañana.



